miércoles, 2 de febrero de 2011

AGUILA PERDICERA (Hieraaetus fasciatus)

UNA AMISTAD INESPERADA



 



He sido siempre una persona muy activa. Me ha gustado enredarme en las más variadas aventuras que mi tiempo libre y mi modesta economía me han permitido.

Una de ellas fue la de fotógrafo de naturaleza, completamente adecuada a todas mis actividades: montaña, esquí, náutica, submarinismo, viajero, etc.

Os cuento esto por que así comprenderéis mejor lo que os voy a relatar.

Muchas veces me han preguntado: ¿Cómo puede ser que con tu carácter, puedas haber quedado tan embrujado por una especialidad, aparentemente sedentaria, como la observación de la fauna, si requiere de un enorme sacrificio de inmovilidad, en esos larguísimos periodos de observación y en muchos casos, con incomodísimas posturas, sin comer, sin beber, e incluso, como tu me has contado, ni siquiera realizar tus necesidades vitales?

Y aparentemente tenían razón. Pero casi nadie se da cuenta que esta actividad está llena de una gran emoción, incruenta; requiere de mucha habilidad y estrategia; y de una actividad que a veces llega a límites deportivos.

Mi aceptación por esta afición fue provocada por un hecho singular.

Surgió cuando realizábamos nuestros pinitos de observación con Luis Santamaría, esperando un encuentro con un deslumbrante Martín pescador. Inesperadamente, apareció un Águila perdicera capturando una pollita de agua ante nuestras narices, en la ribera del río Turia.
Aquello me sugirió la idea de acometer una nueva aventura: realizar un estudio de esta impresionante rapaz, que se encontraba dentro de nuestra área de trabajo, en Pedralba, en Los Serranos.


Nos costó varios años descubrir sus costumbres y lugares de querencia, donde la esperábamos al amanecer, para observar sus maniobras. De esta forma trazamos un plan muy atractivo y de grandísima dificultad técnica; una singular aventura.

Como nuestros equipos de fotografía y observación eran aún modestos y de corto alcance, optamos por realizar las observaciones, desde muy cerca, si era posible, colgados, a pocos metros de su futuro nido, instalado en unas angostas repisas, sobre un escalofriante vacío de una pared extraplomada.

Desarrollamos una técnica desconocida hasta entonces por los observadores y fotógrafos de naturaleza. Queríamos situar una piedra artificial junto al nido, con el fin de instalarnos en su interior y desde allí realizar las observaciones, desde cerca.

Aparentemente esta actividad podía ser muy agresiva, pero todo lo teníamos minuciosamente estudiado.

Desde el primer momento demostramos nuestra eficacia, que repetimos 18 veces durante los 25 años de seguimientos, sin provocar molestias para las aves.

Nuestra filosofía era: instalar solo estos escondites, siempre que la fisonomía de la pared nos permitiera llegar hasta ellos, sin molestar a la rapaz de turno.

Así que todos estos años, los dedicamos a observar a aquella hembra de Águila perdicera, en nuestra CITA EN LA ROCA*, con su nidificación anual. 

Aquella hembra solo pudo vernos, en algunos casos, a mucha distancia, durante mis idas y venidas al lugar de nidificación.




Pero se acostumbró a nuestras aproximaciones y llegó un momento en que nos reconocía y admitía nuestra presencia, sin saltar del nido, como era lo habitual, ante la presencia de cualquier otra persona, incluso al descubrirla desde mucho más lejos.

Bueno. Hasta aquí era en parte comprensible, pero algo sucedió en los últimos años de mis citas con mi querida águila.

Aquella temporada, habíamos instalado otro hide frente al nido, en la ladera del barranco frente al lugar del emplazamiento del nido. 

Por fin había podido equiparme con una cámara de vídeo y ahora comenzábamos a grabar las primeras imágenes en movimiento de la vida y costumbres de estas aves. Nuestra ilusión.

Este nuevo escondite, lo habíamos instalado a unos 75 m del nido y algo mas elevado a éste, con el fin de poder observar su interior. Aquel día me acerque yo solo. Quería realizar algunas tomas de las rapaces en sus espectaculares entradas y salidas al nido. 

Esta vez no podía ser invisible. Ahora mi aproximación trascurría ante ella. Yo sabía que posiblemente, cuando ascendiera por aquella fuerte pendiente y alcanzara, e incluso, más aún, superando su situación, saltaría del nido. Luego, cuando yo desapareciera, en pocos minutos regresaría. Lo sabía; conocía sus costumbres, sus reacciones.

Mientras ascendía la miraba de reojo. Era consciente, de que jamás debería mostrarle mi faz, mirarla de frente. Aquello hubiera sido como un reto y yo la respetaba.

Con el cuello levantado seguía mis desplazamientos, mientras trepaba por aquellas rocas cargado con el equipo. Mis movimientos eran muy suaves, sin brusquedades. No quería asustarla. Pero ella seguía allí inmóvil, vigilante. 

La veía tranquila, relajada, pues yo conocía de cerca sus posturas y actitudes de intranquilidad, pero no era este el caso.

Alcanzaba ya el nivel del nido y, sorprendentemente, seguía admitiéndome.

Ahora ya me encontraba por encima de su nivel y seguía impertérrita en su postura, sobre los pollos, que ya tenían dos semanas.


Estaba emocionado. Era el deseado sueño que tantas veces inconscientemente había pasado por mi mente. Evidentemente era una utopía pero me hubiera gustado decirle que no temiera, que era su amigo; pero claro ¿Cómo?

Pero aquel día, élla supo decírmelo con su actitud. Me lo comunicó. Era mi amiga.

Aquella temporada experimenté, probando a cambiar mi aspecto con la ropa, pero ella seguía conociéndome y no dejó de saltar del nido inmediatamente ante la presencia de cualquier intruso que detectara en aquella área de nidificación.

Pero pocos años después, precisamente en el año que la Sociedad Española de Ornitología lo había dedicado a la concienciación de esta singular rapaz en peligro de extinción, fue abatida por un descerebrado colombaire, allí en su nido, a solo dos días de que nacieran sus aguiluchos; a solo dos preguntas que aún desconocíamos: Cuantos años pueden vivir estas rapaces y hasta que edad pueden ser fértiles. “Nuestro gozo en un pozo”¡Qué pena! Veinticinco años de amistad y tiene que terminar así. Lo siento amiga.


Manolo Ambou Terradez

2 comentarios:

  1. Hola!
    Es una historia muy bonita, pero con un final muy triste y no entiendo como puede haber gente tan mala en este pais, como estos malnacidos que se dedican a las maravillosas aveces rapaces, tan bonitas, tan beneficiosas pero tambien tan escasas, sobre todo esta especie de tanta belleza estetica y cazadora como es el aguila perdicera.
    No sé si conocias a la maldita alimaña que mató a tu amiga el aguila perdicera, pero si llegas a conocer alguien denuncialo sin pensartelo dos veces, es increible el daño tan grande que estos descerebrados/as pueden llegar a hacerle a la fauna de este pais.
    Si el doctor Félix Rodriguez de la Fuente se enterara de esta noticia estaría lleno de ira revolcandose en su tumba.
    Saludos.

    Jose Manuel

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  2. Por deducción sabemos quien es y ademas se chuleaba de ello. Lógicamente es un "colombaire. Pero, parece ser, que sino lo pilla una autoridad con las manos en la masa, no sirve de nada. Recibió una visita del Seprona, pero nada mas.
    Así, con un poco de chulería, se escapan y no es la primera que mata (Dos machos y una Hembra, que sepamos).
    Colombaire: Afición de volar palomos buchos machos tras una hembra marcada. El que más la acosa gana. Los palomos van pintados con fuchina para distinguirlos.
    Un poema realizado en lugares también con rapaces, consentido por nuestras autoridades.
    ¡¡¡YUJU!!!

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