miércoles, 25 de enero de 2017

EN EL LAGO TITICACA (LOS UROS)

Niña con muñeca de totora
LOS UROS
LOS HIJOS DEL AMANECER

 En 1988 decidimos “saltar el charco”. Queríamos iniciarnos con America del Sur y elegimos para ello Perú.

Este país nos ofrecía un gran abanico de extraordinarias riquezas culturales, que por ello asegurarían y nos compensaría con creces de aquel largo viaje.

Esta vez me centraré en un lugar de este continente, de este país, donde la vida humana se desenvuelve a 3800 m sobre el nivel del mar, en la ciudad de Puno, una de las más altas del mundo.
Pronto, su mercadillo nos mostró a sus gentes, sus habitantes, especialmente las mujeres, tocadas con los acostumbrados sombreros que marcan sus etnias.
Pero nuestro interés por Puno no estaba en la ciudad misma, si no en la vida que se desarrolla sobre las aguas del lago Titicaca. 
La ciudad de Puno
  Esta enorme y altísima acumulación de agua, cubre un área de 8562 kilómetros cuadrados (204 km de largo por 65 de ancho), de los que 4772 kilómetro cuadrados corresponden a Perú y 3790 a la vecina Bolivia.

  Es el lago navegable a mayor altura del mundo y alcanza los 283 metros de profundidad.


  Junto a Puno, en la bahía, se encontraban una veintena de islas flotantes creadas con las hojas de totora por un pueblo singular, los uros, los “hijos del amanecer”. No se consideraban hombres sino “Urus” la raza primigenia de America.
  Actualmente se denominan a sí mismo Kotsuña, “El pueblo lago”.

Islas flotantes formadas con totora
   Con la totora crearon una auténtica cultura:
  Estos juncos de unos 5 metros, una vez arrancados del fondo, se emplean para formar islas flotantes, que deberán ir renovándose por la superficie, ya que la totora inferior se va descomponiendo con el tiempo.

Los juncos de totora
  Conforme navegábamos, apreciamos que allí arriba, el cielo azul mostraba una luz un tanto especial, como más transparente, y aquel aire limpio inundaba nuestros pulmones sin pizca alguna de contaminación.
 En aquel momento, la escasez de oxígeno ya no nos afectaba, pues llevábamos algunos días por estas alturas y nuestro organismo se había adaptado, produciendo más glóbulos rojos que impedían el “mal de altura”, estábamos aclimatados.
Las aguas, a pesar de su limpieza y aunque era verano, no sugerían, en modo alguno, el tomar un baño.


  A estribor, un navegante uro remaba en su canoa, empujando un enorme montón de totora recién arrancada de los bajíos donde crecía aquellos enormes juncos.


  Apreciando el enorme lago que tenía ante mis ojos, pronto me formulé una pregunta que comuniqué al patrón de la embarcación, y este confirmó mi sospecha. Allí se forman auténticos temporales, como en el mar. Esta afirmación me creaba otra pregunta muy importante: con semejantes olas, capaces de naufragar, incluso a grandes embarcaciones, ¿cómo era posible que no destruyeran a estas, aparentemente, frágiles islas flotantes?
  Era obvio que los ancestrales uros conocían perfectamente la dirección de los temporales y por ello se instalaron en aquella bahía, a salvo de las tormentas.


  Una vez alcanzada una de las islas saltamos al “muelle” e inmediatamente sentimos bajo nuestras pisadas algo extraño, que no era un suelo completamente sólido.
  No pusimos en duda que aquello flotaba, pero conforme avanzamos se hizo mucho más estable y pronto olvidamos aquella sensación de inseguridad.


  Varias familias vivían allí y, como es natural, nos ofrecían sus productos como recuerdos de nuestra presencia en aquel lugar tan original. Pero todo era totora, todo estaba confeccionado con aquellos juncos: unos pequeños cultivos crecían sobre la totora descompuesta, mezclada con la basura y excremento de animales; los cerdos y algunas aves (chocas domésticas) se alimentaban de la totora; las cabañas de totora; y hasta la muñeca de una niña estaba confeccionada con totora, vestida con telas.


  Tradicionalmente pescan artesanalmente el de pejerrey y el carachi, que los conservan secándolos al sol. También se dedican a la caza de aves silvestres y a la recolección de huevos de anátidas.

Choca doméstica, cerdo y carachis secándose.

  Sus vidas eran muy sencillas, alejadas del mundanal ruido de la ciudad, con la que tenían contacto para los alimentos básicos y otras necesidades básicas como la sanidad.
  
                                   

  Sinceramente fue interesantísimo conocer en el Altiplano Andino, en las alturas, aquella original forma de vida, de los kotsuña “el pueblo lago”.

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