lunes, 21 de marzo de 2011

LA NIEBLA









Los primeros rayos de luz se cuelan por las rendijas de la contraventana. Ya está amaneciendo.
   Rápidamente me aseo y al abrir las ventanas, descubro, en un rincón del valle, un fenómeno poco común para los  que vivimos junto al Mediterráneo: la niebla.





     Sin entretenerme a desayunar, salgo rápidamente de la rústica casa de mi amiga Amparo, junto a la ermita de  la Virgen de la Vega. No quiero perderme el espectáculo.

  En el umbral respiro intensamente ese refrescante aroma de la mañana y esta vez viene enriquecido con un agradable olor a tierra y hojarasca mojada.
   Ahora me encuentro atravesando tras la iglesia el prado que aún verdea, protegido de los rayos del Sol del estío  por la benefactora sombra de los centenarios chopos que lo rodean.



   Marcho deprisa con el equipo fotográfico a la espalda hacia el amanecer del Astro que ya comienza a despuntar por las montañas en la otra parte del valle. La intensa luz atraviesa una joven chopera y  me martiriza con sus sombras repentinas mientras avanzo. Las hojas amarillas explotan de color al trasluz, sugiriéndome la primera fotografía, y acepto. Una suave brisa las mueve y una lluvia de oro cae sobre mí repentinamente. Me siento agasajado.



   Al salir del prado veo que la niebla, rasante al valle, evoluciona lentamente, escapando del Sol  que la diluye. Parece un monstruo,  sombras profundas evolucionan en sus entrañas ocultando el paisaje tras de sí,  mientras deja un rastro de rocío allí por donde pasa. Está todo blanco, a primera vista como escarchado, pero es un manto perlado por innumerables gotitas de agua,  que al acercarnos brillan a contraluz como las estrellas en la noche. 



   El camino está brillante, magnífico. Me aproximo a la curva que rodea el longevo álamo, mostrándome un hermoso contraluz.  Junto a él detengo mi marcha para saborear el paisaje.
   Todo se encuentra cubierto con las diminutas esferas delicadas y refrescantes: La hierba de los campos y las cunetas, las piedrecillas, los alambres de espino; los mentirones, las endrinas, los majuelos, los calabardos, como le llama mi amiga Amparo a los escaramujos, las semillas de los rosales salvajes, que junto a las anteriores bayas buscaban los niños de entonces como auténticas golosinas. Todo resplandecía con el Sol, como por una lluvia de diamantes.


























  Mis ojos siguen buscando ávidamente cualquier forma original que me inspire para una fotografía. Descubro un delicado plumero del diente de león  y una deslumbrante y tenaz tela de araña hermosamente engalanada.
   Ya tengo la ropa mojada,  principalmente las rodillas, pues no paro de salirme del camino para adorar con humildad los detalles del rocío, estas delicadas gotitas de agua.

  
   La niebla se escapa,  se esfuma, desaparece.
   Han sido pocos minutos pero intensos. Mientras, casi todo el mundo duerme perezosos de la vida ante la liberación  del fin de semana, atrapados en sus lechos, por mal uso de la jornada,  renegados del resto de los seres vivos  diurnos, fieles a unas leyes naturales de la vida, ignorantes del espectáculo que acontece en estos momentos.
  
   Con una cámara en la mano y el resto del equipo en la mochila regreso por el camino para proseguir el espectáculo. Ahora ya no tengo tanta prisa.
   Los rayos del Sol atraviesan ahora sin obstáculo el limpio aire del valle y alcanza de pleno a las choperas que atravesé minutos antes. Están magníficas, doradas, insultantes. Explotan con la luz del Astro en una lluvia de oro que se contrasta con las zonas más obscuras de este lado del valle. Algunas hojas se resisten en ciertos rincones de la chopera, manteniendo todavía el refrescante verdor que las contrasta con sus compañeras, lanzadas ya a la mutación  final.


   En ese momento, escucho el susurro de un todo terreno que se aproxima al prado.
¡Ya no soy yo solo el que ha adivinado lo que acontece en el valle!
  Sin  pérdida de tiempo, una pareja de mediana edad, descarga su trípode e instala una cámara sobre él. Buscan esa imagen que yo conseguí minutos antes. Siento que se hayan perdido el espectáculo de la niebla, pues ya ha desaparecido, como un sueño.
   Es agradable descubrir que otras personas tienen las mismas aficiones, gusto y sensibilidad, pues hay momentos que ante un espectáculo tan hermoso y gratuito para todos,  me encuentro solo, me hace pensar que debo ser un excéntrico, sensiblero, que ando en contra de la gente. Pero me dura poco, por que pronto comprendo que solo soy diferente de la mayoría en esta sociedad, no de otras muchas que están más de acuerdo con Natura, con la auténtica realidad que nos da la vida y a la cual pertenecemos; ellos se lo pierden.
   Necesito descubrir, respirar cualquier evento que pueda suceder a mí alrededor. No espero que venga, lo busco. Creo que es  mi obligación como ser vivo,  como parte de la vida, de este planeta azul que estamos desazulando.
  Ahora me siento a gusto y tranquilo por poder vivir estos sencillos momentos que nunca olvidaré. Quiero amar y poder seguir amando, quiero vivir. No quiero que la niebla cubra mis sentimientos. Me alegro de estar vivo.

Manolo Ambou Terradez

1 comentario:

  1. Sensibilidad y perfección, con un gusto exquisito, hacen de este artículo un remanso de paz para la reflexión, de esta dura vida cotidiana.

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