miércoles, 15 de abril de 2015

EL TAJ MAHAL




UN MONUMENTO
 AL AMOR

   Qué occidental no ha soñado alguna vez viajar hasta la India? Yo como uno de ellos lo hice también, y desde muy pequeño. Historias y cuentos descritos en libros y películas que me hicieron soñar, y como siempre he procurado alcanzar esos sueños alguna vez, en 1990 tuve la oportunidad de poderlo hacer realidad y sin dudarlo nos enrolamos en un viaje con destino a ese país tan singular, lleno de contrastes, como me habían contado.
  Este pueblo es una explosión de color constante que no puede dejar indiferente a ningún viajero occidental, y en especial a los aficionados a la fotografía, como me ocurre a mí.
 Fuimos saltando de ciudad en ciudad, admirando sus formas de vida, sus construcciones, sus tradiciones que ocupaban pronto los carretes de mi cámara. Todo era fotografiable. Todo era tan distinto a nuestro mundo occidental que mis sentidos requerían de un gran esfuerzo para no perder algo interesante que se me pudiera escapar. Atento siempre a no ofender a ninguno de sus ciudadanos, pues me hubiera gustado llevarme un recuerdo de todo, y digo todo, aunque también estaba limitado por el número de carretes de diapositivas con los que contaba.    
  

   Daba la impresión que había caído en una época mixta, a la vez casi medieval, por su sencilla forma de vida, pero consciente de su avanzada tecnología, de todos sabido, como para disponer incluso de armamento atómico.

   Aquellas calles repletas de pequeños comercios, ante los cuales trajinábamos entre coches, motos, bicicletas, camellos, caballos, bacas, elefantes. Pero, además, todo un gentío de personajes con vestimentas heterogéneas, a caballo de tradiciones e influencias occidentales, pero siembre resaltando los coloridos de los saris, que con singular gracia visten a sus esbeltas mujeres. ¿Podéis imaginároslo?
    Partiendo de Jaipur hacia el este buscábamos Agra.  Poco antes nos dimos de lleno con la ciudad mogol de Fatehpur Sikri donde contemplé sus originales palacios realizados con roca arenisca roja, que le dan una enorme robustez y original aspecto, conjuntados con detalles importados de Asia central y del Irán. Sin desperdicio. Pero mi meta principal estaba en Agra.
   Sobre el atalaya del Fuerte  Rojo, bastión de la ciudad, pude descubrir uno de mis objetivos en mi viaje. Junto a la orillas del río Yamuna, afluente del Ganges, un hermosísimo monumento se alzaba resplandeciente como una gigantesca perla. Era el Taj Mahal.


  Ahora lo estaba contemplando como lo hizo Shah Jahan, prisionero de su hijo, durante sus ocho últimos años de su vida, mirando la tumba que había construido para su amadísima esposa, a solo dos kilómetros de su prisión.
   Por un momento quedé paralizado. Necesitaba asimilar aquella aparición, aquella imagen tan soñada. Era superior a lo que imaginé. Trascurrieron varios minutos en silencio, sin cansarme de mirarlo.
   En poco tiempo llegamos al edificio de entrada, formada por una preciosa construcción de arenisca roja, que pronto quedaba eclipsada por la aparición de la bellísima construcción de mármol blanco que resplandecía ante nuestros ojos, enmarcada por la luz de la puerta.
 Estaba ante el mausoleo del amor, construido para su esposa en 1656 por Shah Jahan “Emperador del Mundo”, la emperatriz Aryumand Banu Begam, más conocida como Mumtaz-i Mahal “La Perla del Palacio”. Mumtaz Mahal dio a su esposo catorce hijos, pero falleció en el último parto.


   Ahora me encontraba apoyado sobre una esquina de la entrada, admirando aquella realidad, el mayor ejemplo de la arquitectura mogola, patrimonio de la Humanidad, como sencillo fotógrafo, como viajero. Creía haber penetrado en alguno de los cuentos de aquel libro que, seducido en mi juventud, leí tantas veces.
¿Acaso era un sueño?
    
   

   No se cuanto tiempo pasó mientras digería aquel espectáculo arquitectónico que se alzaba ante mis ojos iluminado por el sol. Resplandecía.
   Toda aquella construcción central, de unos sesenta metros de altura, estaba realizada con mármol blanco traído de las canteras de Makrana, situadas a más de 300 kilómetros del lugar en carretas arrastradas por bueyes, búfalos, camellos y elefantes.
   La tumba se alzaba en el centro de un pedestal cuadrado, de cuyos extremos surgían vigilantes cuatro minaretes, culminados por chattris, desde donde el almuecín llama a los fieles islámicos a la oración. Estaban construidos con cierta inclinación hacia el exterior para que, en caso de derrumbamiento, no cayeran sobre el edificio principal.

Detalle de la entrada al mausoleo.
   Solo pudimos apreciar la grandiosidad de la tumba, cuando ascendimos a la enorme plataforma que, sorprendentemente, nos alejó algo más el monumento.

    La entrada al mausoleo se encuentra rodeada por una leyenda basada en pasajes del Corán, incrustada en el mármol, ampliada conforme ascendía, para mantener su proporción visual.
   Pero todo aquel mármol esta decorado con incrustaciones florales, tanto en el interior como en el exterior, formadas con oro y piedras semipreciosas: jade, jaspe, hematíes, lapislázuli……
  
Dos alimoches enamorados también contemplan las ricas incrustaciones en el blanco mármol.

    El interior es una sala octogonal decorada con finísimas y complejas incrustaciones, zócalos que representan motivos vegetales en bajorrelieve y delgadas pantallas de mármol calado con extraordinaria precisión simétrica que rodea el cenotafio. Toda esta artesanía envuelve ahora las tumbas de Sha Jahan y su esposa Mumtaz, aunque, realmente, se encuentran en una sala inferior, sin decoración, pues la tradición musulmana prohíbe la decoración elaborada de las tumbas. Lástima que no estuviera permitido fotografiar en su interior. 

Los cenotafios, las tumbas vacías.

Una de las dos mezquitas laterales.

   Una vez relajado ante el primer impacto del bellísimo mausoleo, pude apreciar que a ambos lados se alzaban dos mezquitas similares, construidas con arenisca roja, culminadas con tres cúpulas de mármol blanco. Mantenían una simetría al conjunto monumental, hasta el punto, que solo la del oeste se empleaba para el culto, ya que la del este, llamada “eco de la mezquita”, no se puede utilizar por tener la orientación opuesta, litúrgicamente incorrecta.
   El emperador Shah Jahan proyectó su mausoleo de mármol negro a la otra margen del río, pero su hijo Aurangzeb lo impidió al encarcelarlo, y lo enterró a su muerte junto a su amada en 1666.
  
Puerta de entrada al complejo funerario.
   Nos costó dar la espalda al monumento. En varias ocasiones no pudimos resistir y nos detuvimos para contemplarlo, por si fuera la última vez.
   Sin duda alguna, es una de las construcciones más bellas y perfectas de la historia de la arquitectura, que recuerda al mundo aquel inmortal amor. Y así la guardamos en nuestra retina, en nuestra memoria, para siempre.




Fotografías del autor.

Manolo Ambou Terradez


5 comentarios:

  1. Las fotos muy buenas y el texto ameno.
    Me gusta.

    Sento

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  2. Como siempre las fotos muy buenas y el texto interesantísimo

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  3. Manolo precioso ya me gustaria hacer ese viaje, que tequeda porver bandarra. Un abrazo de Angel.

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  4. hermosas fotos monolo sé desde hace mucho tiempo que eres un gran amante de la fotografia

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