martes, 1 de febrero de 2011

LOS BASTONES Y EL PIOLET EN LA MONTAÑA



El uso del bastón en el monte procede, seguramente, de los más ancestrales tiempos del hombre cazador y recolector.
Posiblemente fuera su primera herramienta. Sencilla y fácil de obtener en cualquier ambiente algo forestado.
Con él excavaba para recolectar bulbos y capturar insectos, reptiles o mamíferos, en esa amplia gama de alimentos del hombre recolector. Y entre otros usos, que a poco que pensáramos podríamos adivinar, estaba uno muy importante, el de la defensa, contra las fieras e incluso entre otras especies de homínidos.

Pero pronto alguien me habrá apuntado:
- ¡Y para apoyarse¡

Claro está. Para apoyarse por terrenos escabrosos y peligrosos, para mayores con molestias achacosas o que simplemente comienzan a perder, como es natural, el sentido del equilibrio; para individuos lesionados, deformes o mujeres en avanzado estado de gestación.

Pronto nos viene a la mente la imagen del clásico peregrino cargado con su modesto, largo, curvado y contundente bordón; posiblemente a falta de otra arma más amanosa por su elevado precio.
No podemos dejar de reconocer la eficacia para defenderse de los perros, o de oportunistas asaltadores de caminos, con unas sencillas clases defensivas o agresivas de esgrima con el bordón.
Pero el cayado sigue siendo, para el pastor, una herramienta útil para capturar sus reses, por las patas o por el cuello, según la curvatura que disponga.
También el báculo, un lujoso y pesado cayado, repleto de joyas, lo utilizan aún los sumos sacerdotes de algunas religiones, en pavoneantes rituales, y que supongo, no deben ser muy imprescindibles en sus cortos paseos, por muy grandes que sean los templos.

Ha sido y sigue siendo muy tradicional en Navarra y toda la cornisa cantábrica el llevar una vara como apoyo en cuanto se sale al monte por fácil que sea el camino. Viendo la destroza que esta costumbre provoca en la masa forestal por los numerosos aficionados a la montaña que hoy día tenemos, últimamente se han visto obligados, con gran acierto, en facilitarles a los aficionados estas herramientas para que luego las devuelvan y de esta forma otros visitantes puedan usarlas nuevamente, sin necesidad de repetir la agresión a tan maravillosa vegetación.
De todas formas, esta necesidad perentoria en estas tierras, siempre me ha formulado una incógnita; cual es su imprescindible uso. Yo creo que debe ser como arma para las fieras. Si, si.
¿No se ría, que allí, por suerte, aún podemos encontrarnos con lobos y osos? No va a ser para apartar las babosas y caracoles del camino. ¿No?

Pero la imagen más clásica que incluso hoy día podemos ver del bastón, es la del uso de un personalizado bastón con empuñadura cómoda para descargar el peso en la mano, para defenderse o sencillamente como objeto decorativo, como complemento personal más o menos lujoso. También nos puede aparecer el recuerdo de aquel bastón que ocultaba en su interior un arma más contundente, la afilada hoja de un florete, o ese licor tan apreciado por su pícaro dueño.

En el campo deportivo de montaña, observaremos el equipamiento en las excelentes ilustraciones a plumilla o con antiguas fotografías, que enriquecen los viejos libros de las primeras y míticas ascensiones a los Alpes.
Estos pioneros, posaban con largos bordones que les facilitaba el paso por los abruptos glaciares y en especial para tantear la resistencia de los puentes de nieve sobre las tenebrosas grietas.
Con la experiencia se les aplicó unas eficaces herramientas en sus extremos, el regatón y el pico o gancho, que poco a poco originó el tan apreciado piolet.

Con la práctica, se fue reduciendo el tamaño, hasta que se dejó en la longitud de un clásico bastón pero con múltiples utilidades.
Hoy día, la especialización de algunos alpinistas, acróbatas de la escaladas en hielo, ha obligado a crear unos piolets muy técnicos, con puntas regulables para superar tan escalofriantes obstáculos, pero inútiles en el apoyo y equilibrado del montañero durante recorridos normales por los neveros al ser muy cortos, e incluso para asegurar con ellos en nieves poco compactas y profundas.
La comprensible inclinación a reducir el peso de nuestro bagaje, provoca una tendencia a elegir piolets más cortos. Estos, aunque más manejables y en ciertos casos también más eficaces en fuertes pendientes, dejan mucho que desear en los neveros menos empinados, pero también peligrosos. Por ello algunos montañeros, con lógica prudencia, recurren a los bastones en las pendientes más suaves pero de hecho inestables.

¡Atención! El uso correcto del piolet requiere de una imprescindible técnica y prácticas para que nos sea útil, no es solo un bastón de apoyo o decorativo, es algo más. Sin conocer su técnica nos será imposible detener una caída por un nevero.
Según mis observaciones, un gran porcentaje de montañeros equipado con piolets desconocen su uso pretendiendo improvisar.
Es imprescindible realizar unas prácticas, para que su manejo nos resulte instintivo, pues durante el rápido e inesperado momento de la caída nos será imposible pensar en su manejo (Y si no, que se lo pregunten a la Escupidera de Monte Perdido).


Uso del piolet

Pero ahora hablaremos de los bastones para la nieve, el del esquiador, el bastón especializado para el apoyo.
La historia del esquí comenzó con un largo palo que lo usado como la percha de los albuferencs en la Albufera de Valencia.
Pronto comprendieron que era más sencillo y útil emplear dos y más cortos, terminados también con sendos aros que controlaban su penetración en la nieve.
El uso correcto del bastón facilita al esquiador un treinta por ciento en el esfuerzo para el giro, marcando el lugar preciso para este y creando un ritmo muy necesario en ciertos tipos de nieve.
Se producen unas evoluciones en cuanto materiales y longitudes que se adaptan a la técnica y la especialidad del tipo de esquí: los de fondo muy largos y los de esquí alpino más cortos.

En las duras expediciones a los Himalayas se equipa a los expedicionarios, principalmente a los sufridos sherpas, con estos bastones de esquí para mantener mejor el equilibrio por las enormes cargas que transportan, tanto en pendientes de tierra, roca, o nieve; resultando auténticamente útiles.

Con la evolución del alpinismo y su extraordinaria expansión, muchos deportistas optan por reducir el bagaje y realizan las mismas ascensiones históricas, incluso sin ayuda alguna hasta sus campamentos de ataque, y es cuando aparece la figura del profesional afamado y gran alpinista con sus geniales, útiles bastones plegables de apoyo.

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Después de este modesto repaso en los usos del bastón por nuestra historia, quiero centrarme en algo que últimamente estoy observando en mis andanzas por la montaña.
innumerables “montañeros” van equipados con los citados bastones plegables, imitando a estos afamados alpinistas. Parece que se han puesto de moda para gozo de las tiendas deportivas.

Pero hay algo que no comprendo; el uso que se les da por los deportistas jóvenes y completamente sanos.
Voy a poneros un ejemplo.

El ya pasado Julio del 2004 visité, con Luis, mi actual compañero de aventuras, uno de esos lugares magníficos de nuestras montañas: El Parque Nacional de Ordesa.
Habíamos subido para realizar un reportaje fotográfico y vídeo de la flora y fauna del parque y en especial la alpina estampa de Monte Perdido y su glaciar, visto desde la Cumbre del Cilindro.
Equipados con los pertrechos necesarios para cuatro días: tienda, comida, ropa, un elemental material de escala consistente en cuerda, arnés y un artilugio para descenso, crampones y piolet, rematábamos el equipo con un completo material fotográfico de varios cuerpos, flash y objetivos; cámara de vídeo con trípode y todo; en resumen, un buen mochilón, ascendimos por la empinada Senda de Cazadores. Pronto comprendimos que debíamos ser unos bichos muy raros, por que la gente, equipada con bastones, nos miraba algo extrañados.
Al principio pensamos que se asustaban de nuestra notable carga; pero en verdad casi siempre había llevado en mis incursiones por Pirineos o Alpes semejante mochila, desde los años sesenta, y a pocas personas del “gremio” jamás les llamó la atención.
Seguimos nuestro periplo por aquellos montes y no dejamos de observar numerosos caminantes que equipados con estos bastones andaban por los llanos de Cazadores y por los de Soaso apoyándose en ellos como si estuvieran lisiados. La verdad es que nos parecían muy sanos.
Aquello se repitió tanto a la subida a Goriz como cuatro días después en nuestro regreso.
Muchachos fuertes como castillos, equipados con minúsculas mochilas, se apoyaban en ellos de forma contundente, o más bien con rabia, como si odiaran la senda, agrediéndola con profundas punzadas que aseguraban la destrucción de la sumisa y empecinada hierba en sus raíces, aumentando la erosión. Parecían andar a cuatro patas; pero eso sí, con mucho ritmo.
Otros, que comenzaban a darse cuenta de la inutilidad de los bastones, con los brazos algo agotados, los llevaban de mala forma, sin saber que hacer con ellos, sin atreverse a plegarlos y sujetarlos en uno de los costados en la mochila, esperando usarlos en situaciones más acertadas. Posiblemente debían temer que su imagen del perfecto montañero de hoy día pudiera desaparecer.
Por el contrario, si que me alegré al ver a una muchacha embarazada y varias personas mayores equipados con uno o dos de estos ligeros, prácticos y cómodos bastones que aseguraban y facilitaban su progresión.



Uso correcto de los bastones

Parece ignorarse, que este uso como apoyo innecesario de los bastones, disminuye el sentido del equilibrio completamente necesario para los seres bípedos y en especial aquellos que transitamos por terrenos escabrosos y no muy sólidos. Este fundamental sentido para el montañero, debe ser ejercitando constantemente para poder disponer de él en su máxima plenitud en todo momento.

La diferencia de un experto y capacitado montañero con las otras personas, poco acostumbradas a desenvolverse por terrenos escabrosos, es precisamente su agilidad para mover los pies sobre los repentinos obstáculos, y su gran sentido del equilibrio, con o sin mochila; manteniendo libres las manos para usarlas como apoyo, agarre en las trepas o equilibradores en justificados momentos.


Tampoco me vale que se usen para prevenir en un futuro desgaste de rodilla en personas completamente sanas. Para eso lo mejor es quedarse en casa.
Y lo de las posibles lesiones de columna por mala posición, se resuelve con una mochila técnica bien acoplada y la carga correctamente distribuida.

Desde mi más tierna infancia y aún hoy día, con mis bien pasados 60 años, la montaña sigue atrayéndome enormemente.
Prácticamente realizo en ella la mayoría de especialidades deportivas, de una forma modesta, sin buscar la competición, el aplauso o la medalla, y les diré que hasta la fecha no he necesitado, por suerte, el uso de los bastones nada más que para esquiar, y sigo con las manos libres para otros menesteres.

Posiblemente, más a delante, con la degradación física que conlleva la vejez y las secuelas que aparecen ahora de un viejo accidente, mi cuerpo necesite de un buen apoyo, pero nunca para seguir las modas o imitar erróneamente a los famosos: me gusta razonar.

¡Tantos miles de años para conseguir ser homínidos erguidos, y de repente, por una moda, andamos a cuatro patas!

Valencia Junlio del 2008

Manolo Ambou Terradez


NOTA:

Ex miembro del GRUPO NACIONAL DE ALTA MONTAÑA, mi inclinación por divulgar lo que más me ha gustado, me hizo entrar en la ESCUELA ESPAÑOLA DE ALTA MONTAÑA y lo mismo en la ESCUELA ESPAÑOLA DE ESQUÍ.

En 1980 el CLUB ESQUI VALENCIA me nombra director técnico su numerosa ESCUELA, en la que actualmente sigo ejerciendo mi labor que combino con mi gran afición como fotógrafo de naturaleza por esos montes.
Creo que se estar en la MONTAÑA; ha sido mi vida.




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