jueves, 18 de octubre de 2012

El ROQUERO SOLITARIO (Montícola Solitarius)



Su color azul parecía un reflejo del cielo
Merla roquera
Mirlo azul
Merla blava
Arkaitz-zozo urdin

   Hace años, siempre que daba alguna conferencia con audiovisual sobre nuestra fauna y mencionaba al Roquero Solitario, curiosamente, un murmullo se escuchaba en la oscuridad de la sala. Seguramente, aquel nombre les recordaba a Miguel Ríos, un cantante de Roch,  famoso  y solitario en sus actuaciones que empezó por los 60.
  Os contaré como tuve mi primer encuentro con esta ave tan singular.


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   Eran los años ochenta, cuando andaba colgado por las paredes, realizando un estudio en directo sobre el Águila perdicera (Hieraaetus fasciatus), que habita en mi zona de trabajo.
   Estas numerosas horas de observación en los cantiles donde anidaba la magnífica rapaz, me dieron la oportunidad de descubrir a esta paseriforme que siempre había desconocido oculta por la distancia.
   Era una madrugada de primavera. Terminaba de descender por la pared los veinte metros a plomo que me dejaron sobre nuestro hide de madera, colgado atrevidamente sobre un extraplomo a cuarenta metros sobre su base.
   Aquel día, si no fallaban mis cálculos, debía producirse la eclosión de los huevos que incubaba la hembra de la rapaz.
   Levanté la mirilla con acostumbrado cuidado y  nuevamente apareció ante mi el   magnífico cuadro sobre naturaleza dedicado al Águila perdicera.
   Mas que un cuadro era un plató de vida, pues constantemente aparecían distintas especies ante mí, cerca del nido, como pequeños actores ansiosos por participar en aquella obra.
   Yo había calculado esos 43 días de incubación, en este caso,  por parte de la sumisa  y veterana hembra.
   El nido esta formado por una enorme acumulación de leña  con cerca de dos metros de altura y  más de un metro de anchura, colgado de forma milagrosa sobre una angosta cornisa, tapizada en la parte superior con verdes ramitas y hojas de pino, algarrobo y olivo. Su tamaño era el fruto de varias nidificaciones en el mismo lugar.
   En el centro se encontraba acostada la rapaz, atenta a lo que sucedía abajo en el río.       Pero junto a ella descubrí algunas presas en el nido. Era la primera vez desde que se puso a incubar.
   Aquello me demostró que ya se había producido la eclosión, al menos  del primer huevo. Este acto de llevar presas al nido solo se aprecia  a partir de que hayan nacido el primer pollo.


El Príncipe de la Cárcava
   Pero algo ocurría alrededor del nido en aquel escenario natural.
  Nunca había observado tantas visitas en tan poco tiempo de las aves de aquel roquedo.
   Pronto se acercó una curiosa y atrevida Paloma bravía (Columba livia), que posada sobre un resalte a siete metros sobre el nido, miraba curiosa descaradamente a su depredador.
   Inmediatamente apareció un gorrión chillón (Petronia petronia), que se posó sin reparo  sobre el nido, junto a la hembra fisgoneando con el cuello levantado. Algo más lejos, apareció una Collaba negra (Oenanthe lucura), que permaneció brevemente con su mirada dirigida hacia el nido. Parecía que también esperaba algo. Desde luego, también los Aviones roqueros (Ptyonoprogne rupestris) se acercaban con pasadas rasantes al nido, algo más frecuentes de lo acostumbrado.


   Aquellos acontecimientos yo ya los había estado observando en otros días pero no con tanta frecuencia y por ello me hizo sonreír.
   Estas curiosas visitas me recordaron a la magnífica escena que supo plasmar Walt Disney, en la película de dibujos animados en "Bambi", que tan genialmente supo  plasmar en el nacimiento del Príncipe del Bosque y la visita interesada de sus habitantes.  Era algo similar. daba la impresión que venían a visitar al Principe de la Cárcava.
   Algo ocurría bajo el pecho del águila, pues esta comenzó a incorporarse lentamente, con sumo cuidado y descubrió ante mi al primer pollo que debió nacer esa misma mañana.


De plumas azules en el cuerpo y negro pizarra en alas y cola...

   Su aspecto era muy delicado, incapaz aún de soportar firmemente su cabecita y piaba incansable pidiendo comida a su enorme madre.
   Aquel acto lo viví emocionado, pues pude observar, sin perder un solo detalle, como dio el primer alimento al aguilucho, con movimientos delicadísimos, mientras su hermano comenzaba a romper el huevo.

La hembra con tonos más sombríos.

  Fueron unos minutos inolvidables, de tú a tú, pues mi observatorio solo se encontraba a siete metros del nido.
   El polluelo quedó saciado junto a su orgullosa madre que lo miraba atentamente, cuando apareció tras ellos a corta distancia, mirando también curiosa, un ave magnífica, que aún no había tenido la ocasión de observar de cerca. Su color azul parecía un reflejo del cielo. Se trataba de un Roquero solitario (Montícola Solitarius)
    Siempre había creído que era negro, muy parecida al Mirlo común (Turdus merula), con cola algo más corta, pico oscuro y diferente por su canto. Pero ahora, frente a mí, a tan solo diez metros, me permitió apreciar su verdadera tonalidad, sorprendentemente hermosa.
   Era su plumaje gris azulado en el cuerpo y negro pizarra en las alas y cola, los ojos  marrones y el pico obscuro más largo que el del mirlo común.
   Quedé maravillado y rabioso por no disponer de una óptica suficiente para   haberlo fotografiado.
   Solo estuvo unos segundos, pero yo quedé prendado por aquella aparición.

Un joven roquero.
    Pasaron los años sin tener más oportunidades de verlo cerca y al fin acerté con una estrategia para sorprenderlo más cerca y así capturarlo con mi cámara para mi colección de especies observadas.
   Como con muchas otras especies, aún no he tenido la oportunidad de conseguir esa foto que mi mente imagina, pero espero. 
   Pero ahora tengo un buen plan para sorprender con mejores condiciones a esta hermosa ave. El haid ya lo tengo montado ante la roca donde acudirá. Pronto, en esta próxima temporada, espero conseguirla para vosotros.
   Y como no puedo esperarme más para hablaros de esta solitaria ave, os pongo las modestas fotos, que asta ahora he conseguido, para que vayáis haciendo boca.

Fotos del autor.

Manolo Ambou Terradez

1 comentario:

  1. Pues en eso estaremos. Esperando al Roquero solitario.
    Yo tambien crei que era negro, pero me has convencido, a ver si consigues esa "foto" tan deseada.

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