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jueves, 19 de julio de 2012

POLUCION EN EL MEDITERRANEO




Hace algunos años la limpieza de nuestras aguas  era de extraordinaria trasparencia.
LAS BOLSAS
DE RESÍDUOS


 

  Ya hace muchos años, que la transparencia de las aguas del Mediterráneo, en el Levante Español, han desaparecido.
   Mi desgracia fue, que esto coincidió justo cuando pude conseguir un costoso pero ansiado equipo fotográfico submarino; mi sueño.
    La contaminación procede del uso del mar como basurero. Algo así como antaño teníamos esa costumbre de tirarlo todo al río, si la población lo tenían a mano claro, y… el que venga detrás que arree.
   En una etapa más moderna, durante muchos años, hemos estado lanzando al mar ingentes cantidades de residuos, procedentes de los colectores urbanos sin depurar o mal depuradas por medio de los famosos emisarios, esperando que las corrientes esparcieran la porquería por sus sufridos fondos y se diluyeran en las inmensas aguas, quedando invisibles para la mayor parte de la sociedad.
   Realmente muy pocos podíamos saber que estaba pasando con todos esos desperdicios, solo nosotros, los buceadores.
   Era un día de Junio, cuando cambiaba mis actividades de montaña y esquí por otras muy diferente, el windsurf y el submarinismo.
   Para entonces ya había abandonado la pesca submarina, a causa de una caída evidentísima en el número de especímenes. Posiblemente se debía a numerosos factores, entre los que se percibía claramente un aumento excesivo de depredadores humanos mejor equipados, y numerosas ilegalidades consentidas a la pesca profesional, poco controlada por las autoridades.

Preciosas anémonas doradas

   Aquel día, estábamos ante la impresionante mole del Mongó, bajo su acantilado, a unos trescientos metros mar a dentro.
   Nos habían informado que en aquella zona existían unas paredes a unos cuarenta y ocho metros de profundidad, donde había observado especímenes de gran tamaño, tanto peces como crustáceos e innumerables gorgonias y otros invertebrados.
   Nos faltaban las coordenadas, pero queríamos probar suerte.
   Pero bucear en aquel lugar tenía un inconveniente. Fuertes corrientes dominaban aquella zona y provocaban con ello el peligro de un incorrecto fondeo, pero especialmente que pudiéramos ser arrastrados al sumergirnos por ellas.
   Lo habíamos estudiado minuciosamente y lo resolvimos fondeando dos embarcaciones con cuatro anclas, así sería muy difícil que todas garrearan y se alejaran del lugar de inmersión elegida.
   Pero quedaba el control de nuestro descenso con aquella enorme corriente. Fue fácil solucionarlo, bajaríamos trincados con un cabo y un mosquetón por el cabo de una de las anclas, para reunirnos en el fondo.

Un mundo azul.


   Una vez allí y previendo que pudiéramos perdernos al ser arrastrados por la corriente, si esta existía también en el fondo, controlaríamos nuestro buceo con otro cabo mucho más largo en un recorrido circular.
   Parecía seguro nuestro proyecto, así que salimos desde Jávea para alcanzar esos fondos tan poco visitados. Pero también debíamos tener la suerte de acertar con el lugar, ya que solo disponíamos de la distancia a los acantilados y desconocíamos también su tamaño.
   Es bueno disponer de ambas manos para descender por el cabo del ancla, pero como yo debo bajar el aparatoso equipo fotográfico y no me fío con llevarlo solo enganchado al equipo, me trinco con un cabo de seguridad al cabo del ancla y descendí por él correctamente asegurado.
   Pronto noto la fuerte corriente que me deja flameando como si fuera una bandera.
   Mi mano derecha sujeta con fuerza el equipo fotográfico, que tanto me ha costado, como si fuera mi propia vida; no está la cosa para descuidos.
   La mano izquierda comprime la válvula de desalojo del aire en el chaleco y comienzo a descender arrastrado por los nueve kilos de plomo que rodean mi cintura.
   El agua contiene muchas partículas en suspensión y por ello la visibilidad se acorta a pocos metros.
   Trato de ver las burbujas de mis cinco compañeros que me han precedido en la inmersión, pero es evidente que se las lleva la fuerte corriente muy rápidamente, imposible verlas.
   Hago las correspondientes compensaciones para equilibrar mis oídos internos a los cambios de presión y sigo la profundidad, con mi instrumental.
   El agua sigue muy sucia, pero tengo la esperanza de que, como en otras ocasiones, cerca del fondo esté  limpia.

En una cavidad, a solo 10 m de profundidad, sobreviven estas esponjas
 casi ya cubiertas por la  polución.

   Conforme bajo, la enorme presión del agua aplasta mi cuerpo y debo compensar mi volumen inyectando aire al chaleco, para evitar la aceleración en mi caída.
   Al pasar los treinta y cinco metros dejo de sentir la fuerte corriente y ahora desciendo en posición vertical, controlando la velocidad de mi caída  hinchando o desinchando el chaleco, conectado a mi monobotella.
   Ya había pasado los cuarenta metros cuando diviso el fondo, pero al apoyarme sobre él sigo hundiéndome, ¡Horror! aquello no era sólido.
   La sensación fue terrorífica. El supuesto fondo me llagaba ahora a la altura del cuello. Realmente era un  manto de porquería semiflotante acumulado en  aquel lugar, en la profundidad.
   Aquella nube de basura cubría cualquier forma de vida. Ni gorgonias, ni anémonas, ni esponjas, ni corales, estaba desierto de vida.
   Al poco, percibo que un compañero se acerca a mí. Rápidamente analizo las pocas posibilidades de disfrutar con esta pesadilla, y mucho menos fotografiarla, y  le comuniqué por señas mi decisión rotunda de subir a la superficie y dejar de tontear por aquel fondo tan desagradable y peligroso.
   Suavemente asciendo y pronto entro de nuevo en la zona de fuerte corriente que vuelve a zarandearme para ponerme en posición horizontal hasta que alcanzo la embarcación.
   Allí bajo estaba una de esas bolsas que acumulaban gran parte de los residuos de los emisarios enviados durante tantos años. Aquella porquería que se ignoraba.
   A pesar que han pasado muchos años, siguen estas aguas conteniendo partículas en suspensión y siguen cubriendo los rincones donde la vida se recoge estoicamente.
   Los hombres rana, como nos llaman en algunos sitios, nos vemos obligados en estas costas y salvo días excepcionales,  a fotografiar planos de ese mundo a corta distancia, pues esa materia en suspensión nos bloquea la trasparencia del agua, y seguimos impedidos para poder realizar planos algo alejados, y mostrar así esas escenas submarinas, siempre atractivas, de ese Mundo Azul, como le llamaba Jacques-Yves Cousteau.
   A pesar de las depuradoras de hoy día, no sabemos el tiempo que le costará al mar recuperar aquella transparencia de sus aguas que yo conocí.
   Aguas donde se podía apreciar el paisaje submarino iluminado por el Sol durante varias decenas de metros, provocándonos esa sensación de ingravidez y libertad, en un maravilloso vuelo, un vuelo sin aire, un vuelo azul.


Manolo Ambou Terradez