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| Hace algunos años la limpieza de nuestras aguas era de extraordinaria trasparencia. |
DE RESÍDUOS
Ya hace
muchos años, que la transparencia de las aguas del Mediterráneo, en el Levante
Español, han desaparecido.
Mi
desgracia fue, que esto coincidió justo cuando pude conseguir un costoso pero ansiado equipo
fotográfico submarino; mi sueño.
La contaminación procede del uso
del mar como basurero. Algo así como antaño teníamos esa costumbre de tirarlo
todo al río, si la población lo tenían a mano claro, y… el que venga detrás que
arree.
En una
etapa más moderna, durante muchos años, hemos estado lanzando al mar ingentes
cantidades de residuos, procedentes de los colectores urbanos sin depurar o mal
depuradas por medio de los famosos
emisarios, esperando que las corrientes esparcieran la porquería por sus
sufridos fondos y se diluyeran en las inmensas aguas, quedando invisibles para
la mayor parte de la sociedad.
Realmente
muy pocos podíamos saber que estaba pasando con todos esos desperdicios, solo
nosotros, los buceadores.
Era un
día de Junio, cuando cambiaba mis actividades de montaña y esquí por otras muy
diferente, el windsurf y el submarinismo.
Para
entonces ya había abandonado la pesca submarina, a causa de una caída
evidentísima en el número de especímenes. Posiblemente se debía a numerosos
factores, entre los que se percibía claramente un aumento excesivo de
depredadores humanos mejor equipados, y numerosas ilegalidades consentidas a la
pesca profesional, poco controlada por las autoridades.
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| Preciosas anémonas doradas |
Aquel
día, estábamos ante la impresionante mole del Mongó, bajo su acantilado, a unos
trescientos metros mar a dentro.
Nos
habían informado que en aquella zona existían unas paredes a unos cuarenta y
ocho metros de profundidad, donde había observado especímenes de gran tamaño,
tanto peces como crustáceos e innumerables gorgonias y otros invertebrados.
Nos
faltaban las coordenadas, pero queríamos probar suerte.
Pero
bucear en aquel lugar tenía un inconveniente. Fuertes corrientes dominaban
aquella zona y provocaban con ello el peligro de un incorrecto fondeo, pero
especialmente que pudiéramos ser arrastrados al sumergirnos por ellas.
Lo
habíamos estudiado minuciosamente y lo resolvimos fondeando dos embarcaciones
con cuatro anclas, así sería muy difícil que todas garrearan y se alejaran del
lugar de inmersión elegida.
Pero
quedaba el control de nuestro descenso con aquella enorme corriente. Fue fácil
solucionarlo, bajaríamos trincados con un cabo y un mosquetón por el cabo de
una de las anclas, para reunirnos en el fondo.
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| Un mundo azul. |
Una vez
allí y previendo que pudiéramos perdernos al ser arrastrados por la corriente,
si esta existía también en el fondo, controlaríamos nuestro buceo con otro cabo
mucho más largo en un recorrido circular.
Parecía
seguro nuestro proyecto, así que salimos desde Jávea para alcanzar esos fondos
tan poco visitados. Pero también debíamos tener la suerte de acertar con el
lugar, ya que solo disponíamos de la distancia a los acantilados y
desconocíamos también su tamaño.
Es bueno
disponer de ambas manos para descender por el cabo del ancla, pero como yo debo
bajar el aparatoso equipo fotográfico y no me fío con llevarlo solo enganchado
al equipo, me trinco con un cabo de seguridad al cabo del ancla y descendí por él correctamente asegurado.
Pronto
noto la fuerte corriente que me deja flameando como si fuera una bandera.
Mi mano derecha sujeta con fuerza el equipo fotográfico, que tanto me ha costado,
como si fuera mi propia vida; no está la cosa para descuidos.
La mano izquierda comprime la válvula de desalojo del aire en el chaleco y comienzo a descender arrastrado por los nueve kilos de plomo que rodean mi cintura.
El agua
contiene muchas partículas en suspensión y por ello la visibilidad se acorta a
pocos metros.
Trato de
ver las burbujas de mis cinco compañeros que me han precedido en la inmersión,
pero es evidente que se las lleva la fuerte corriente muy rápidamente,
imposible verlas.
Hago las
correspondientes compensaciones para equilibrar mis oídos internos a los cambios de
presión y sigo la profundidad, con mi instrumental.
El agua
sigue muy sucia, pero tengo la esperanza de que, como en otras ocasiones, cerca
del fondo esté limpia.
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| En una cavidad, a solo 10 m de profundidad, sobreviven estas esponjas casi ya cubiertas por la polución. |
Conforme bajo, la enorme presión del agua aplasta mi cuerpo y debo compensar mi volumen inyectando aire al chaleco, para evitar la aceleración en mi caída.
Al pasar
los treinta y cinco metros dejo de sentir la fuerte corriente y ahora desciendo
en posición vertical, controlando la velocidad de mi caída hinchando o desinchando el chaleco,
conectado a mi monobotella.
Ya había
pasado los cuarenta metros cuando diviso el fondo, pero al apoyarme sobre él sigo
hundiéndome, ¡Horror! aquello no era sólido.
La
sensación fue terrorífica. El supuesto fondo me llagaba ahora a la altura del
cuello. Realmente era un manto de
porquería semiflotante acumulado en
aquel lugar, en la profundidad.
Aquella
nube de basura cubría cualquier forma de vida. Ni gorgonias, ni anémonas, ni
esponjas, ni corales, estaba desierto de vida.
Al poco,
percibo que un compañero se acerca a mí. Rápidamente analizo las pocas
posibilidades de disfrutar con esta pesadilla, y mucho menos fotografiarla,
y le comuniqué por señas mi
decisión rotunda de subir a la superficie y dejar de tontear por aquel fondo
tan desagradable y peligroso.
Suavemente
asciendo y pronto entro de nuevo en la zona de fuerte corriente que vuelve a
zarandearme para ponerme en posición horizontal hasta que alcanzo la
embarcación.
Allí
bajo estaba una de esas bolsas que acumulaban gran parte de los residuos de los
emisarios enviados durante tantos años. Aquella porquería que se ignoraba.
A pesar
que han pasado muchos años, siguen estas aguas conteniendo partículas en
suspensión y siguen cubriendo los rincones donde la vida se recoge
estoicamente.
Los
hombres rana, como nos llaman en algunos sitios, nos vemos obligados en estas costas y
salvo días excepcionales, a
fotografiar planos de ese mundo a corta distancia, pues esa materia en
suspensión nos bloquea la trasparencia del agua, y seguimos impedidos para
poder realizar planos algo alejados, y mostrar así esas escenas submarinas,
siempre atractivas, de ese Mundo Azul, como le llamaba Jacques-Yves Cousteau.
A pesar de las
depuradoras de hoy día, no sabemos el tiempo que le costará al mar recuperar
aquella transparencia de sus aguas que yo conocí.
Aguas donde se
podía apreciar el paisaje submarino iluminado por el Sol durante varias
decenas de metros, provocándonos esa sensación de ingravidez y libertad, en un
maravilloso vuelo, un vuelo sin aire, un vuelo azul.
Manolo Ambou Terradez



