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miércoles, 9 de junio de 2021

ROQUEROS (LOS DOS)




DOS TÚRDIDOS ROQUEROS






Hay varias aves especialmente ligadas a los roquedos, esas paredes de caliza, arenisca o granito soleadas, unos ecosistemas donde se desenvuelven perfectamente para su defensa, alimentación y nidificación, sus ecosistemas. Dos roqueros y un treparriscos.


Macho del Roquero solitario (Monticola solitarius)

Desde estas atalayas los roqueros controlan los insectos que llevados por el viento pasan ante la pared, capturándolos hábilmente con cortos vuelos y regresar nuevamente a sus atalayas, posaderos predilectos desde donde los otean.



Hembra de Roquero solitario


Estas paredes con sus acantilados y cárcabas, son el escenario de sus vuelos de cortejo, donde hacen eco sus cantos característicos, especialmente los aflautados del Roquero solitario, delimitando su territorio  con sus melodías, dándole vida al silencio del desnudo roquedo.




En ocasiones las hembras pueden presentar ciertas tonalidades azuladas en la espalda, que pueden confundirnos con jóvenes machos del primer invierno.


Es de destacar el característico vuelo de cortejo del Roquero rojo, revoloteante hacia lo alto, para luego, y sin parar de cantar, descender como un paracaídas, abiertas las alas y la cola, hacia la percha donde se encuentra la hembra.


Macho del Roquero rojo ( Montícola saxatilis )


Tenerlos cerca, es un privilegio del que yo he podido disfrutar repetidas veces con el Roquero solitario, durante mis seguimientos y observaciones del Águila perdicera, como ya sabéis. Tenerlos cerca para poder apreciar toda la escala de trinos breves y aflautadas, de este solista emplumado en azul metálico, que nos sorprende de cerca y se confunde de lejos con el obscuro mirlo común, al amanecer. 


Hembra del Roquero rojo.


Esta azulada ave, de residencia fija durante todo el año, tiene un pico más bien largo y el cuerpo más comprimido y esbelto que el mirlo común, con su cola algo más corta, trajina por el alto de las paredes con los primeros rayos del sol, lanzando sus trinos reiterados al viento, reclamando su territorio. Solo descenderá para atrapar gusanos, saltamontes o pequeñas lagartijas, para volver a sus atalayas y capturar las gustosas hormigas voladoras en su particular cortejo tras la reina.


Pero mi observación del Roquero rojo ha sido más escasa. Este ave migratoria me ha dado menos ocasiones de conocerla, dado que su habitat está a mayor altura que la zona de observación en la que mayormente me he desenvuelto. Solo lo he podido descubrir en pocas ocasiones, y mayormente de lejos, pero los prismáticos y el telescopio me han mostrado su belleza, aumentando mis ganas de poderlo encontrar a tiro de cámara para inmortalizarlo, para poderlo mostrar como una de las aves más espectaculares de la rica fauna que habita en nuestra península.



En varias ocasiones, y desde hace muchos años lo había citado como ave del Parque Natural del Turia en los roquedos de Gestalgar y Chulilla, pero aún no había sido capaz de obtener una foto que confirmara su belleza, y al fin llegó mi oportunidad para ello.


En mi última sesión fotográfica tuve la oportunidad de ver a los dos roqueros, peleando en su mismo territorio por el espacio y la comida, y escuché sus protestas, sus cantos y sus ágiles persecuciones. Fue para mí un auténtico espectáculo, del que gocé en compañía de Antonio Vela, mi reciente compañero, en estas aventuras faunísticas que libramos dónde nos deja la dichosa pandemia.


El Treparriscos ( Trichodroma muraria )

Pero el más roquero de las aves, el roquero por excelencia, es el Treparriscos, del que ya os hablé en otra ocasión. Podría ser el símbolo perfecto que representar a los alpinistas, a los escaladores, a los humanos roqueros.


Espero que desde ahora, muchos de vosotros podáis distinguirlos en lo alto de las peñas, atraídos por sus colores y los trinos que lleva el viento a nuestros oídos.


Fotografías del autor.


Manolo Ambou Terrádez