ASOMBRO
SUPERVIVENCIA
La trampa de las distancias: cuando el aire puro nos empequeñece
Cuando contemplamos un paisaje en nuestros espacios más frecuentados, las distancias se calculan casi por inercia, guiados por la nitidez con la que distinguimos sus irregularidades y filtrados por la calidad del aire. Sin embargo, esta percepción se distorsiona por completo cuando la atmósfera es más pura y menos contaminada: de repente, apreciamos lo lejano mucho más cerca.
Esta sensación me asaltó por primera vez visitando las Montañas Rocosas en Canadá. Allí descubrí espacios grandiosos que, aunque lejanos en el plano físico, mi vista parecía acercarme de golpe. Inmensos bosques se perdían hacia el horizonte dejándome profundamente empequeñecido, sintiéndome como un náufrago en mitad de un océano verde.
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| Los inmensos paisajes de vegetación en las Montañas Rocosas nos abruman. |
Años después, recorriendo la costa y los fiordos de Noruega, volví a experimentar esa misma ilusión óptica. Comparaba los planos y quedaba abrumado al percatarme de cuán lejos estaban realmente aquellos pueblos o montañas que mis ojos captaban con una falsa cercanía. La misma confusión se repitió en la Patagonia chilena, contemplando los alrededores de Las Torres del Paine: espacios colosales que ponían a prueba mi mente, acostumbrada a los paisajes de mi tierra, de dimensiones más modestas y envueltos en atmósferas más cálidas y densas que deforman la perspectiva.
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| Aquellos paisajes en los fiordos de Noruega seme salían del plano. |
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| A la vez, los colores se potenciaban por la limpieza de la atmósfera. |
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| Nuestra visión tan clara de las Torres del Paine reducían la auténtica distancia. |
El océano verde de Siberia y el terror anticipado
Hablando de grandes espacios, es imposible no evocar uno de mis vuelos por Asia (Moscú - Irkutsk), bordeando el majestuoso lago Baikal en plena Siberia.
Despegamos del aeropuerto de Moscú de madrugada. Como siempre que me daban la oportunidad, elegí plaza junto a la ventanilla. Tenía un sueño tremendo, arrastrando el cansancio de un vuelo previo desde Polonia. Pero sabía que no podía sobrevolar Siberia sin contemplarla desde lo alto por primera vez; no podía permitir que se me escapara aquella visualización de un territorio tan inmenso. Me daba pellizcos para espabilarme del sopor.
Muy temprano, los primeros rayos del sol comenzaron a iluminar el paisaje. Por fortuna, el cielo estaba despejado. El bosque que se extendía debajo alcanzaba el horizonte en cualquier dirección. A pesar de volar a 10.000 metros de altura, aquello parecía un océano verde oscuro, un mar de árboles interminable sin nada que rompiera su infinita homogeneidad: ni ríos visibles, ni carreteras, ni vías de tren, ni rastro de civilización.
Siempre he tenido por costumbre ensayar mentalmente cómo actuar ante situaciones peligrosas: en la montaña, en campos de nieve, en espeleología, náutica, submarinismo o imaginando un vehículo sumergido en aguas profundas. Anticiparse al peligro por si acaso. Por eso, en aquel instante, mi mente se situó instintivamente en mitad de aquel lugar y sentí una oleada de auténtico terror. ¿Cómo se podría salir de aquel inmenso espacio sin relieves, todo parejo, completamente idéntico? Aquello era un auténtico laberinto sin salida.
Pasaron horas de monotonía hasta que, por fin, los rayos del sol hicieron brillar unos enormes ríos que perezosamente se retorcían en grandiosos meandros. Rompieron la monotonía y abrieron una puerta a la esperanza en mi arriesgado planteamiento mental: —Aguas abajo, siempre aguas abajo—, pensé.
Algo parecido sentí al sobrevolar el Amazonas. Otra inmensidad verde, esta vez esmeralda, aunque térmicamente menos agresiva y con una flora más generosa para la supervivencia que la austera taiga siberiana. Aunque, bien mirado, los casos de occidentales que han logrado sobrevivir por sus propios medios en el interior de esa selva interminable se cuentan con los dedos de una mano y exigen un profundo conocimiento del entorno tropical.
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| Los Andes: inmensa cordillera que acompaña toda la zona occidental de America del Sur. Aquí podemos ver su cumbre máxima, el Aconcagua con sus 6960 m . |
La cordillera de los Andes y la ignorancia del «urbanita»
Las reflexiones sobre la supervivencia adquieren su dimensión más dramática cuando se contempla el escenario desde el aire. Volando de Santiago de Chile a Punta Arenas, tuve la fortuna de cruzar sin una sola nube gran parte de la cordillera de los Andes. Al ver aquella inmensidad pétrea y helada, fue inevitable recordar el trágico accidente del vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya en 1972.
Dieciséis personas sobrevivieron a aquel infierno soportando penurias extremas, congelaciones, sed y hambre —llegando incluso a la necrofagia—, demorando una decisión crucial que debieron tomar mucho antes. La consigna lógica era evidente: —Bajar, bajar, bajar— hasta alcanzar poblaciones o zonas de trabajo fuera de la alta montaña. Eran jóvenes deportistas, pero ninguno tenía conocimientos reales de montaña.
Un gran amigo y compañero de montaña, Miguel Gómez, un andinista experto, se estiraba de los pelos sin comprender cómo aquellos muchachos pudieron esperar tanto tiempo para ejecutar la única solución viable.
Es la clásica ignorancia del «urbanita», que se adentra en la naturaleza desprovisto de herramientas mentales y queda atrapado en situaciones extremas, convirtiéndose en un peligro para sí mismo y para quienes le acompañan. Resulta muy cómodo e insensato pensar que jamás te tocará a ti, como si uno tuviera comprado el destino.
Epílogo: El legado del saber
Desde muy pequeño, mi padre insistía incansablemente en una frase que se convirtió en mi brújula vital: "El saber no ocupa lugar".
No sé si ocupa espacio en la memoria o no, pero a lo largo de mi ya longeva vida he procurado aplicarla a cada paso, anticipándome a los riesgos y resolviendo múltiples situaciones complejas, tanto para mí como para quienes me han rodeado. Al final, frente a la inmensidad indiferente de un océano verde, la fría inmensidad de los Andes o los abismos de la distancia, la mejor armadura contra el peligro no es el azar, sino el conocimiento.
Fotografías del autor.
Manolo Ambou Terrádez






Manolo, soy Antonio Verdú... Me asombra tú experiencia, lo que has vivido y la forma como nos lo cuentas. Un abrazo.
ResponderEliminarHola Antonio: ya sabes, no me puedo aguantar. Un fuerte abrazo.
Eliminarun verdadero placer leer este relato. Nos transporta con una gran sensibilidad visual y literaria a través de la geografía del asombro: desde la pureza del aire en las Rocosas, Noruega y la Patagonia, hasta la inmensidad casi aterradora de la taiga siberiana y la selva amazónica, culminando en la profunda reflexión sobre el instinto de supervivencia y el peso de la experiencia frente a la inexperiencia.
ResponderEliminarHas querido compartir una serie de vivencias y reflexiones muy personales sobre la inmensidad de los espacios naturales, la percepción de las distancias según la atmósfera, y la importancia vital de la preparación mental, el conocimiento y el instinto de superación ante situaciones extremas.
Anónimo
Es reconfortable que pueda llegar mi modesto artículo a personas tan generosas. Gracias.
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